> Viaje por dos mundos
Por Hernán Huergo, Mayo de 2007
La vi por primera vez en el Tren del Fin del Mundo, sentada frente a mí. Es un viaje interminable en un tren que a duras penas supera el ridículo. La trocha es tan angosta que no se puede creer, sesenta centímetros. Los vagones son también de dimensiones escasas, con un pasillo estrecho de un lado y del otro cuatro conjuntos de asientos dobles enfrentados, para dieciséis personas. Los ventanales son bien grandes y la calefacción funcionaba bien. Mi vagón estaba lleno pero no recuerdo a ninguna otra persona fuera de ella. Llevaba una campera de cuero que dejaba ver un sweater naranja de cuello largo, apretado sobre las formas. Este es el río Pipo, decía la voz que salía del parlante, mezclada con ruidos.
Me parecía raro estar allí en vez de en la oficina. Hernán, tenés vacaciones pendientes y es preciso que te las tomes. Cuando el jefe dijo eso casi me caigo de espaldas. Puse cara de nada por si acaso, se trataba del mismo hijo de puta que toda la vida me cagó las vacaciones como por deporte. Culpa o gracias a él terminé con Laura hace dos meses, y eso por sólo nombrar una de las cosas que le debo. Tenés que tomarte diez días como mínimo y como máximo, dijo el animal, con la misma voz desagradable de siempre.
La idea fue de la vieja: Por qué no te vas a Calafate. Ahora en Marzo son los derrumbes del glaciar. Tengo ya treinta y cuatro años y todavía es ella la que me tiene que decir lo que puedo hacer. La pobre no piensa en otra cosa que en su hijo único. Lo que dicen que está bueno es Ushuaia, dije allí, como para no sentirme tan inútil. Por supuesto una estupidez, porque todo el mundo sabe que quien va a Calafate va a Ushuaia y viceversa, lo único a decidir es a qué lugar se va primero. Elegí Ushuaia como primer destino, había que dejar lo mejor para el final. No tenía idea de cuánto me equivocaba.
Esas chozas son reconstrucción de las que usaban los indios onas, seguía la explicación mecánica. El paisaje no ayudaba a despertar mi interés, una sucesión de árboles tímidos y repetidos en concordancia con la monotonía sinuosa del río Pipo. A esto lo llaman el cementerio de árboles y se puede saber en qué época fueron podados según las distintas alturas de los tocones. Tendría alrededor de 30 años, pelo rubio muy cortito, brillante y achatado, salpicado de mechitas negras. Un tren como este pero con vagones muy simples y sin techo lo usaban los presidiarios para ir a buscar los materiales con los que se construyó el presidio a principios del siglo veinte. Iba muy concentrada en los papeles, a ratos leía y a ratos escribía. Cuando levantó la mirada me sorprendió la fuerza de los ojos oscuros, más grandes todavía por las pestañas importantes, cargadas de rimel negro. Me miró sin verme, como quien está frente al oculista. La cara no movía un músculo y era obvio que no escuchaba al guía.
Pueden bajar ahora a ver la cascada La Macarena, dijo la voz, sembrando alguna esperanza de ver algo interesante. Ella bajó por imitación, sin desprenderse de los papeles. Era tal mi curiosidad que la seguí de cerca. Sólo pude leer una línea manuscrita, El Eclipse. La cascada estaba cuesta arriba y no era gran cosa. El cielo era un manto de nubes gris oscuro, a pesar de ser las once de la mañana. Hacía frío y el mejor momento de la breve salida fue volver a entrar al vagón. Todavía no me había animado a hablarle. En cuanto arrancó el tren ella se zambulló de nuevo en los papeles, ahora la birome parecía volar. Otra vez me miraba sin verme. La voz del guía empezó a sonarme como arrullo y cerré los ojos.
─ ¿Dijo Susana?
La voz femenina me hizo abrir los ojos. Ella me clavaba la mirada, parecía verme por primera vez. Las pestañas espesas me apuntaban y los ojos negros brillaban.
─ Sí ─dije, rebobinando en mi cerebro las últimas palabras salidas del parlante─, acaba de decir que el Monte Susana, que allí ves, era el lugar donde se refugiaban a veces los presidiarios que huían.
─ Me llamo Susana ─dijo ella, y la sonrisa le aflojó la cara.
Así empezó todo. Por fin algo la había despertado. Gracias guía, gracias Monte Susana.
─ Estoy haciendo un curso intensivo de narrativa escrita ─me explicó a las pocas frases─. Lo da José María, le decimos Jota. Es bárbaro.
Los ojos se le iluminaron un poco más. No quise preguntar si lo de bárbaro se aplicaba al curso o a Jota.
─ Qué interesante. Siempre estoy pensando en ir a algún taller pero nunca me llega la hora.
No estoy seguro si dije eso por seguir la conversación o realmente lo pensaba.
─ Por qué no te anotás en el curso, son nueve clases, recién vamos por la tercera, que es hoy. Se dicta en la antigua panadería del presidio, ¿la conocés?
Cada frase de ella hacía crecer la curiosidad dentro de mí. Pasar de ser ignorado por la chica de sweater naranja a ser invitado me producía placer. Quizás no sería mala idea, después de todo, asomarme al curso por algunas clases. A la tarde tenía programado visitar el presidio. Pregunté por el horario de las clases.
─ Son de seis a ocho de la tarde.
Podría tomar cuatro clases antes de tomar el avión a Calafate. Aunque me perdería las últimas tres clases. Iba a preguntarle algo más para convencerme pero ahora ella había tomado los papeles y leía algo, mientras mordía la punta mordible de la birome. Me hundí de nuevo en mi asiento y en la duda. De pronto ella levantó los ojos hacia mí para decir, en un susurro:
─ Es extraño, descubrir ahora, que te necesito, que te quiero, a pesar de todo.
El susto me paralizó por un momento pero en seguida me di cuenta de que no era a mí a quien le hablaba. Seguía sumergida en la escritura.
El presidio de Ushuaia me pareció mucho más interesante que el tren de los presos. Es una construcción extendida de cinco pabellones de dos pisos dispuestos en estrella, que confluyen a un gran vestíbulo central de forma redonda. Aprendí unas cuantas cosas mientras lo recorría. Fue construido con piedra de calidad, mérito de los primeros presos que la traían día tras día usando el famoso tren, al despuntar el siglo pasado. Por mucho tiempo Ushuaia desarrolló su vida y sus anécdotas alrededor de esta prisión, famosa por tanta gente especial que pasó por ella. Hasta Gardel dicen que estuvo encerrado allí, además de políticos de distintos credos. Cuando en 1947 cerraron el presidio los tierrafueguinos se quisieron morir. Pero la angustia les duró poco, porque el lugar fue convertido en Base Naval. Hoy no es ni una cosa ni la otra, pero a nadie le interesa, Ushuaia vive de otras cosas. Por ejemplo, del turismo que hace gente como yo.
El pabellón donde está el Museo Marítimo, una colección de fotos y maquetas, no me pareció demasiado entretenido. Pero el que llaman pabellón de los reclusos, que tienen muy bien conservado, es otra cosa.
Recorrí una tras otra las celdas hasta llegar a la del Petiso Orejudo. Increíble que existiera un ser tan feo y salvaje, tan joven y demente, tan asesino. Que solía divertirse torturando y ahorcando a bebes y a niños, varones o mujeres. Los estrangulaba con un cordón de zapatos o con cualquier cosa. Cuando echó al fuego el gato mascota de la prisión los guardias le dieron tal paliza que terminó en la tumba. La historia estaba en fotos y recortes pegados en todas las paredes de la celda. El guía y otra gente del lugar parecían idolatrarlo, la sensación me resultaba extraña. No entiendo el afán de la gente de mi tierra de convertir en próceres a estos personajes. La vieja dice siempre ¿Qué podés esperar de un país que trata como héroes a gente como Martín Fierro, Monzón y Maradona? Le tengo que decir que añada al Petiso Orejudo a la lista. Tengo que reconocer que el morbo se apoderó de mí, me costaba dejar el lugar.
Llegué a la antigua panadería donde funcionan los cursos cerca de las seis de la tarde. Siguiendo las instrucciones de Susana, me fue fácil encontrar a Blanca, una chica joven y eléctrica, con pelo castaño largo y ensortijado, que atendía detrás de un mostrador. Le expliqué que quería saber lo del curso de narrativa escrita de José María.
─ Sí, hay una vacante. Podés llenar esta ficha. Son ciento diez pesos ─dijo a gran velocidad, y se puso a hacer la factura.
Me alegró no tener que tomar ninguna decisión. Llené la ficha y la entregué junto con el dinero.
─ ¿Hernán? ─dijo ella, con ceño fruncido─. Ya tenemos uno.
Por un momento creí que la aventura terminaba allí.
─ No importa, serás Hernán H y el otro pasa a ser Hernán C. Tomá, estos son los textos que se distribuyeron hasta ahora y los relatos del día de hoy que escribieron los alumnos. Se supone que has leído todo esto antes de entrar a clase ─dijo sin respirar, y me guiñó un ojo como despedida.
La pila tendría más de cien páginas, imposible leer nada, ya era la hora. Entré a la clase a las seis en punto. Susana me recibió con sonrisa de sorpresa y me presentó a los demás. Cuando fui presentado al profesor ya me imaginaba que era él. Lo había visto rodeado de varias de las presentes cuando yo llenaba mi ficha. Bien joven, sin ningún pelo en la cabeza, blue jeans y zapatillas negras, con un aro tipo alianza en la oreja izquierda.
Los alumnos eran ocho mujeres y cuatro hombres, incluyéndome. Las pequeñas mesas rectangulares estaban dispuestas en estrella ─imagino que la disposición en estrella es una costumbre de los ushuaienses─, y rodeando cada una había cuatro sillas. Mesas y sillas apuntaban al profesor, de pie al frente de la sala. Esperó a que nos sentáramos para comenzar.
Para los que son nuevos les comento que cada día analizamos textos de unas pocas personas, dijo Jota, mientras me miraba. Por ejemplo hoy le toca a Graciela, y apuntó con la mirada a la rubia veinteañera breve y pizpireta que estaba casi en primera fila. La chica impresionaba por la profusión de dorados: los llevaba en la vincha, en las motas que salpicaban el pulóver coral, en las tachuelas que poblaban el jean azul.
─ Me llamo Gladys, Graciela no viene más ─dijo la dorada, con sonrisa divertida.
Fueron dos horas fascinantes. Empecé a anotar todo lo que decía José María.
Si el cuento empieza con alguien que entra por una puerta la pregunta es qué va a pasar. Si el personaje entra por la ventana la pregunta es qué está pasando.
Vale sorprender al lector, no vale estafarlo.
Y daba ejemplos.
El cuento es el género superior. Estimula y mete miedo.
El diario, la crónica, son estilos menos literarios.
Yo tomaba mis apuntes como un colegial prolijo.
En los mejores cuentos hay una historia debajo de otra historia.
Lo importante en Chatwin es la mirada, convierte cualquier cosa en oro. Todo el tiempo da opiniones taxativas, a veces cínicas. Hay un yo mucho más fuerte.
En Theroux priva el presente sobre el pasado, es más periodístico y más frío.
Me moría de ganas de leer los textos que me había dado Blanca pero era más urgente escuchar, anotar e intentar aprender.
Es importante entender el concepto de Sklovski, la “ostranenie”, que vuelve extraño lo conocido, que es también profundizar, encontrar más cosas.
Algún día entenderé qué quiere decir esto.
Después comentó varios textos de los alumnos, de Patricia, de Silvia, de Mónica.
Kafka dialoga consigo mismo, es interesante porque es Kafka.
Creíble o verosímil no significa interesante.
También le llegó el turno a los textos de Susana. A pesar de mis apuros, yo había tenido tiempo de pispear El Eclipse. Incluso pude encontrar la frase que había escuchado por la mañana, Es extraño, descubrir ahora, que te necesito, que te quiero, a pesar de todo. Frase de una hija al padre que murió.
Para Nadia llegar tarde era toda una virtud.
Bravo, Susana, eso se llama entrar por la ventana.
Cuando la ronda terminó, a Gladys se le desparramaba por la mirada la desilusión de no estar en la lista de las comentadas del día. Jota se dio cuenta y le dijo La próxima clase empezamos por tus textos. Los ojos de la chica dorada resplandecieron.
Fue frustrante que se hicieran las ocho de la noche. Podría haber seguido horas.
─ Para mañana tienen que hacer una crónica de viaje ─dijo Jota al cerrar.
Aceptamos la misión sin protestar demasiado. En mi caso, estuve escribiendo en mi cuarto de hotel hasta las dos de la mañana. Apagué el velador por la hora, no porque hubiera terminado ni por estar cansado. Me esperaba la excursión al Beagle a la mañana siguiente.
Me es difícil opinar sobre lo que vi en el Canal de Beagle porque estuve allí y no estuve. Me ubiqué en un asiento del catamarán y casi me olvidé de todo, concentrado en la crónica que tenía que terminar de escribir. De vez en cuando puse alguna atención en lo que decía el guía e incluso salí a mirar de cerca la Isla de los Lobos. Los lobos marinos me parecieron viejos eternos y aburridos que miraban a los turistas con desgano.
También salí a mirar la Isla de los Pájaros. Traté de memorizar la forma de los cormoranes, que estaban junto a los pingüinos, los albatros y las gaviotas. Todos excitados, mirando a los turistas, pisándose unos a otros, como luchando por un lugar en las fotos. Los miré un rato largo, y seguí mirando sin mirar cuando ya no estaban más allí, delante de mí. No me di cuenta en qué momento empezó la lluvia. Las gotas me daban en la cara y anegaban mi pelo, pero no las sentía. Me había convertido en una Susana cualquiera, sólo pensaba en la crónica de viaje que escribía en mi cabeza.
Sé porque me lo dijeron que pasamos delante del Faro del Fin del Mundo, aunque parece que no me perdí nada. Seguí mirando hacia adelante sin ver nada, seguro que me tomaron por loco. Cuando las gotas se deslizaron por dentro de mi cuello y me llegaron más abajo del ombligo reaccioné. Estaba solo y empapado. Con horror miré mis papeles. Los llevaba apretados bajo el brazo, cual tesoro. Por suerte se habían mojado poco y nada. Recuperé el asiento en el catamarán y retomé la escritura. Escribía tan rápido como podía, volcaba las palabras que ya tenía grabadas en mi cabeza, preocupado por que no se me perdiera ninguna. Espero que el guía no haya dicho nada interesante, dejé de prestarle atención a él y a todo lo que me rodeaba. Escribía y escribía, dejando salir el chorro. Una voz cerca de mí repetía algo con insistencia. Pero no era momento de levantar la vista, tenía que dejar salir todo.
─ Hernán Hache, Hernán Hache ─machacó la voz conocida, más fuerte y cercana.
Volví al mundo, levanté la mirada. Las pestañas espesas estaban a centímetros de mi cara. El sweater de cuello alto que llevaba esta vez era de un blanco fosforescente.
─ Susana, qué hacés aquí.
─ Por fin, Hernán Hache. Hace rato que llegamos. Todos los demás ya bajaron.
Me había visto desde el principio pero no había querido interrumpirme.
─ Yo conozco estas excursiones de memoria pero vengo para inspirarme ─me explicó cuando salíamos.
─ Y cómo te fue con la inspiración.
─ Más o menos. ¿Cómo va la tuya?
─ Casi estoy. Me falta el cierre.
De algo estoy seguro. A Calafate lo dejo para otra vez, de aquí no me muevo hasta terminar el curso. Es curioso que en este lugar al que insisten en llamar el Fin del Mundo haya encontrado el principio de un mundo que nunca imaginé.
La vi por primera vez en el Tren del Fin del Mundo, sentada frente a mí. Es un viaje interminable en un tren que a duras penas supera el ridículo. La trocha es tan angosta que no se puede creer, sesenta centímetros. Los vagones son también de dimensiones escasas, con un pasillo estrecho de un lado y del otro cuatro conjuntos de asientos dobles enfrentados, para dieciséis personas. Los ventanales son bien grandes y la calefacción funcionaba bien. Mi vagón estaba lleno pero no recuerdo a ninguna otra persona fuera de ella. Llevaba una campera de cuero que dejaba ver un sweater naranja de cuello largo, apretado sobre las formas. Este es el río Pipo, decía la voz que salía del parlante, mezclada con ruidos.Me parecía raro estar allí en vez de en la oficina. Hernán, tenés vacaciones pendientes y es preciso que te las tomes. Cuando el jefe dijo eso casi me caigo de espaldas. Puse cara de nada por si acaso, se trataba del mismo hijo de puta que toda la vida me cagó las vacaciones como por deporte. Culpa o gracias a él terminé con Laura hace dos meses, y eso por sólo nombrar una de las cosas que le debo. Tenés que tomarte diez días como mínimo y como máximo, dijo el animal, con la misma voz desagradable de siempre.
La idea fue de la vieja: Por qué no te vas a Calafate. Ahora en Marzo son los derrumbes del glaciar. Tengo ya treinta y cuatro años y todavía es ella la que me tiene que decir lo que puedo hacer. La pobre no piensa en otra cosa que en su hijo único. Lo que dicen que está bueno es Ushuaia, dije allí, como para no sentirme tan inútil. Por supuesto una estupidez, porque todo el mundo sabe que quien va a Calafate va a Ushuaia y viceversa, lo único a decidir es a qué lugar se va primero. Elegí Ushuaia como primer destino, había que dejar lo mejor para el final. No tenía idea de cuánto me equivocaba.
Esas chozas son reconstrucción de las que usaban los indios onas, seguía la explicación mecánica. El paisaje no ayudaba a despertar mi interés, una sucesión de árboles tímidos y repetidos en concordancia con la monotonía sinuosa del río Pipo. A esto lo llaman el cementerio de árboles y se puede saber en qué época fueron podados según las distintas alturas de los tocones. Tendría alrededor de 30 años, pelo rubio muy cortito, brillante y achatado, salpicado de mechitas negras. Un tren como este pero con vagones muy simples y sin techo lo usaban los presidiarios para ir a buscar los materiales con los que se construyó el presidio a principios del siglo veinte. Iba muy concentrada en los papeles, a ratos leía y a ratos escribía. Cuando levantó la mirada me sorprendió la fuerza de los ojos oscuros, más grandes todavía por las pestañas importantes, cargadas de rimel negro. Me miró sin verme, como quien está frente al oculista. La cara no movía un músculo y era obvio que no escuchaba al guía.
Pueden bajar ahora a ver la cascada La Macarena, dijo la voz, sembrando alguna esperanza de ver algo interesante. Ella bajó por imitación, sin desprenderse de los papeles. Era tal mi curiosidad que la seguí de cerca. Sólo pude leer una línea manuscrita, El Eclipse. La cascada estaba cuesta arriba y no era gran cosa. El cielo era un manto de nubes gris oscuro, a pesar de ser las once de la mañana. Hacía frío y el mejor momento de la breve salida fue volver a entrar al vagón. Todavía no me había animado a hablarle. En cuanto arrancó el tren ella se zambulló de nuevo en los papeles, ahora la birome parecía volar. Otra vez me miraba sin verme. La voz del guía empezó a sonarme como arrullo y cerré los ojos.
─ ¿Dijo Susana?
La voz femenina me hizo abrir los ojos. Ella me clavaba la mirada, parecía verme por primera vez. Las pestañas espesas me apuntaban y los ojos negros brillaban.
─ Sí ─dije, rebobinando en mi cerebro las últimas palabras salidas del parlante─, acaba de decir que el Monte Susana, que allí ves, era el lugar donde se refugiaban a veces los presidiarios que huían.
─ Me llamo Susana ─dijo ella, y la sonrisa le aflojó la cara.
Así empezó todo. Por fin algo la había despertado. Gracias guía, gracias Monte Susana.
─ Estoy haciendo un curso intensivo de narrativa escrita ─me explicó a las pocas frases─. Lo da José María, le decimos Jota. Es bárbaro.
Los ojos se le iluminaron un poco más. No quise preguntar si lo de bárbaro se aplicaba al curso o a Jota.
─ Qué interesante. Siempre estoy pensando en ir a algún taller pero nunca me llega la hora.
No estoy seguro si dije eso por seguir la conversación o realmente lo pensaba.
─ Por qué no te anotás en el curso, son nueve clases, recién vamos por la tercera, que es hoy. Se dicta en la antigua panadería del presidio, ¿la conocés?
Cada frase de ella hacía crecer la curiosidad dentro de mí. Pasar de ser ignorado por la chica de sweater naranja a ser invitado me producía placer. Quizás no sería mala idea, después de todo, asomarme al curso por algunas clases. A la tarde tenía programado visitar el presidio. Pregunté por el horario de las clases.
─ Son de seis a ocho de la tarde.
Podría tomar cuatro clases antes de tomar el avión a Calafate. Aunque me perdería las últimas tres clases. Iba a preguntarle algo más para convencerme pero ahora ella había tomado los papeles y leía algo, mientras mordía la punta mordible de la birome. Me hundí de nuevo en mi asiento y en la duda. De pronto ella levantó los ojos hacia mí para decir, en un susurro:
─ Es extraño, descubrir ahora, que te necesito, que te quiero, a pesar de todo.
El susto me paralizó por un momento pero en seguida me di cuenta de que no era a mí a quien le hablaba. Seguía sumergida en la escritura.
El presidio de Ushuaia me pareció mucho más interesante que el tren de los presos. Es una construcción extendida de cinco pabellones de dos pisos dispuestos en estrella, que confluyen a un gran vestíbulo central de forma redonda. Aprendí unas cuantas cosas mientras lo recorría. Fue construido con piedra de calidad, mérito de los primeros presos que la traían día tras día usando el famoso tren, al despuntar el siglo pasado. Por mucho tiempo Ushuaia desarrolló su vida y sus anécdotas alrededor de esta prisión, famosa por tanta gente especial que pasó por ella. Hasta Gardel dicen que estuvo encerrado allí, además de políticos de distintos credos. Cuando en 1947 cerraron el presidio los tierrafueguinos se quisieron morir. Pero la angustia les duró poco, porque el lugar fue convertido en Base Naval. Hoy no es ni una cosa ni la otra, pero a nadie le interesa, Ushuaia vive de otras cosas. Por ejemplo, del turismo que hace gente como yo.
El pabellón donde está el Museo Marítimo, una colección de fotos y maquetas, no me pareció demasiado entretenido. Pero el que llaman pabellón de los reclusos, que tienen muy bien conservado, es otra cosa.
Recorrí una tras otra las celdas hasta llegar a la del Petiso Orejudo. Increíble que existiera un ser tan feo y salvaje, tan joven y demente, tan asesino. Que solía divertirse torturando y ahorcando a bebes y a niños, varones o mujeres. Los estrangulaba con un cordón de zapatos o con cualquier cosa. Cuando echó al fuego el gato mascota de la prisión los guardias le dieron tal paliza que terminó en la tumba. La historia estaba en fotos y recortes pegados en todas las paredes de la celda. El guía y otra gente del lugar parecían idolatrarlo, la sensación me resultaba extraña. No entiendo el afán de la gente de mi tierra de convertir en próceres a estos personajes. La vieja dice siempre ¿Qué podés esperar de un país que trata como héroes a gente como Martín Fierro, Monzón y Maradona? Le tengo que decir que añada al Petiso Orejudo a la lista. Tengo que reconocer que el morbo se apoderó de mí, me costaba dejar el lugar.Llegué a la antigua panadería donde funcionan los cursos cerca de las seis de la tarde. Siguiendo las instrucciones de Susana, me fue fácil encontrar a Blanca, una chica joven y eléctrica, con pelo castaño largo y ensortijado, que atendía detrás de un mostrador. Le expliqué que quería saber lo del curso de narrativa escrita de José María.
─ Sí, hay una vacante. Podés llenar esta ficha. Son ciento diez pesos ─dijo a gran velocidad, y se puso a hacer la factura.
Me alegró no tener que tomar ninguna decisión. Llené la ficha y la entregué junto con el dinero.
─ ¿Hernán? ─dijo ella, con ceño fruncido─. Ya tenemos uno.
Por un momento creí que la aventura terminaba allí.
─ No importa, serás Hernán H y el otro pasa a ser Hernán C. Tomá, estos son los textos que se distribuyeron hasta ahora y los relatos del día de hoy que escribieron los alumnos. Se supone que has leído todo esto antes de entrar a clase ─dijo sin respirar, y me guiñó un ojo como despedida.
La pila tendría más de cien páginas, imposible leer nada, ya era la hora. Entré a la clase a las seis en punto. Susana me recibió con sonrisa de sorpresa y me presentó a los demás. Cuando fui presentado al profesor ya me imaginaba que era él. Lo había visto rodeado de varias de las presentes cuando yo llenaba mi ficha. Bien joven, sin ningún pelo en la cabeza, blue jeans y zapatillas negras, con un aro tipo alianza en la oreja izquierda.
Los alumnos eran ocho mujeres y cuatro hombres, incluyéndome. Las pequeñas mesas rectangulares estaban dispuestas en estrella ─imagino que la disposición en estrella es una costumbre de los ushuaienses─, y rodeando cada una había cuatro sillas. Mesas y sillas apuntaban al profesor, de pie al frente de la sala. Esperó a que nos sentáramos para comenzar.
Para los que son nuevos les comento que cada día analizamos textos de unas pocas personas, dijo Jota, mientras me miraba. Por ejemplo hoy le toca a Graciela, y apuntó con la mirada a la rubia veinteañera breve y pizpireta que estaba casi en primera fila. La chica impresionaba por la profusión de dorados: los llevaba en la vincha, en las motas que salpicaban el pulóver coral, en las tachuelas que poblaban el jean azul.
─ Me llamo Gladys, Graciela no viene más ─dijo la dorada, con sonrisa divertida.
Fueron dos horas fascinantes. Empecé a anotar todo lo que decía José María.
Si el cuento empieza con alguien que entra por una puerta la pregunta es qué va a pasar. Si el personaje entra por la ventana la pregunta es qué está pasando.
Vale sorprender al lector, no vale estafarlo.
Y daba ejemplos.
El cuento es el género superior. Estimula y mete miedo.
El diario, la crónica, son estilos menos literarios.
Yo tomaba mis apuntes como un colegial prolijo.
En los mejores cuentos hay una historia debajo de otra historia.
Lo importante en Chatwin es la mirada, convierte cualquier cosa en oro. Todo el tiempo da opiniones taxativas, a veces cínicas. Hay un yo mucho más fuerte.
En Theroux priva el presente sobre el pasado, es más periodístico y más frío.
Me moría de ganas de leer los textos que me había dado Blanca pero era más urgente escuchar, anotar e intentar aprender.
Es importante entender el concepto de Sklovski, la “ostranenie”, que vuelve extraño lo conocido, que es también profundizar, encontrar más cosas.
Algún día entenderé qué quiere decir esto.
Después comentó varios textos de los alumnos, de Patricia, de Silvia, de Mónica.
Kafka dialoga consigo mismo, es interesante porque es Kafka.
Creíble o verosímil no significa interesante.
También le llegó el turno a los textos de Susana. A pesar de mis apuros, yo había tenido tiempo de pispear El Eclipse. Incluso pude encontrar la frase que había escuchado por la mañana, Es extraño, descubrir ahora, que te necesito, que te quiero, a pesar de todo. Frase de una hija al padre que murió.
Para Nadia llegar tarde era toda una virtud.
Bravo, Susana, eso se llama entrar por la ventana.
Cuando la ronda terminó, a Gladys se le desparramaba por la mirada la desilusión de no estar en la lista de las comentadas del día. Jota se dio cuenta y le dijo La próxima clase empezamos por tus textos. Los ojos de la chica dorada resplandecieron.
Fue frustrante que se hicieran las ocho de la noche. Podría haber seguido horas.
─ Para mañana tienen que hacer una crónica de viaje ─dijo Jota al cerrar.
Aceptamos la misión sin protestar demasiado. En mi caso, estuve escribiendo en mi cuarto de hotel hasta las dos de la mañana. Apagué el velador por la hora, no porque hubiera terminado ni por estar cansado. Me esperaba la excursión al Beagle a la mañana siguiente.
Me es difícil opinar sobre lo que vi en el Canal de Beagle porque estuve allí y no estuve. Me ubiqué en un asiento del catamarán y casi me olvidé de todo, concentrado en la crónica que tenía que terminar de escribir. De vez en cuando puse alguna atención en lo que decía el guía e incluso salí a mirar de cerca la Isla de los Lobos. Los lobos marinos me parecieron viejos eternos y aburridos que miraban a los turistas con desgano.
También salí a mirar la Isla de los Pájaros. Traté de memorizar la forma de los cormoranes, que estaban junto a los pingüinos, los albatros y las gaviotas. Todos excitados, mirando a los turistas, pisándose unos a otros, como luchando por un lugar en las fotos. Los miré un rato largo, y seguí mirando sin mirar cuando ya no estaban más allí, delante de mí. No me di cuenta en qué momento empezó la lluvia. Las gotas me daban en la cara y anegaban mi pelo, pero no las sentía. Me había convertido en una Susana cualquiera, sólo pensaba en la crónica de viaje que escribía en mi cabeza.
Sé porque me lo dijeron que pasamos delante del Faro del Fin del Mundo, aunque parece que no me perdí nada. Seguí mirando hacia adelante sin ver nada, seguro que me tomaron por loco. Cuando las gotas se deslizaron por dentro de mi cuello y me llegaron más abajo del ombligo reaccioné. Estaba solo y empapado. Con horror miré mis papeles. Los llevaba apretados bajo el brazo, cual tesoro. Por suerte se habían mojado poco y nada. Recuperé el asiento en el catamarán y retomé la escritura. Escribía tan rápido como podía, volcaba las palabras que ya tenía grabadas en mi cabeza, preocupado por que no se me perdiera ninguna. Espero que el guía no haya dicho nada interesante, dejé de prestarle atención a él y a todo lo que me rodeaba. Escribía y escribía, dejando salir el chorro. Una voz cerca de mí repetía algo con insistencia. Pero no era momento de levantar la vista, tenía que dejar salir todo.─ Hernán Hache, Hernán Hache ─machacó la voz conocida, más fuerte y cercana.
Volví al mundo, levanté la mirada. Las pestañas espesas estaban a centímetros de mi cara. El sweater de cuello alto que llevaba esta vez era de un blanco fosforescente.
─ Susana, qué hacés aquí.
─ Por fin, Hernán Hache. Hace rato que llegamos. Todos los demás ya bajaron.
Me había visto desde el principio pero no había querido interrumpirme.
─ Yo conozco estas excursiones de memoria pero vengo para inspirarme ─me explicó cuando salíamos.
─ Y cómo te fue con la inspiración.
─ Más o menos. ¿Cómo va la tuya?
─ Casi estoy. Me falta el cierre.
De algo estoy seguro. A Calafate lo dejo para otra vez, de aquí no me muevo hasta terminar el curso. Es curioso que en este lugar al que insisten en llamar el Fin del Mundo haya encontrado el principio de un mundo que nunca imaginé.