> Bichos de taller II
La espiritualidad al palo o camino a Masachussets

Por Eduardo Kadener- 29/07/2006


Advertencia previa: no soy misógino, pero esta crónica lo es. Voy a hablar de ciertas mujeres, y voy a hablar mal.
Es que se trata de mujeres. Nunca, en los pasillos del taller que llevo recorridos, me topé con un hombre que trajera algo parecido. Me refiero al cuento con el que están dispuestas a deslumbrarnos por primera vez. Bah, ellas vienen y dicen que van a leer un cuento, aunque para no ser injusto debo reconocer que algunas esgrimen la honradez de la duda y aclaran que no saben en qué género encuadrar el texto que traen. Hacen bien.
Si quisiera ensañarme con ellas por una mera cuestión de rivalidad sexual, ahora debería explayarme sobre sus características físicas, sus edades y sus timbres de voz. Es notable el parecido de todas ellas en lo que se refiere a estos aspectos. No lo haré por tres razones:
1) lo que dije en la advertencia previa;
2) porque me interesa mucho más seducir a las mujeres que rivalizar con ellas; y
3) porque sus edades, voces y apariencias físicas no deben ser ni más ni menos agradables que las mías. Lo que interesa aquí es lo que escriben.
Y lo que escriben es el muestrario de su interioridad desbordante, el producto de su inagotable riqueza espiritual, el soliloquio del alma más sensible del universo, el resumen literario de una vida regida por la más sublime de las poéticas, aún cuando se trate de ir a comprar lechuga al supermercado.
Se ofenden a morir cuando alguien les comenta que en el texto que leyeron no hay el menor atisbo de historia. ¡Insolentes! ¿Cómo no va a haber historia, si esta es precisamente la historia de mi vida? ¿Qué culpa tengo yo si mi espíritu es tan abarcador, si mis sentimientos son tan nobles, si mi prosa es tan poética? Yo siempre escribí así y no voy a cambiar a esta altura del partido.
Si el comentario adverso proviene del coordinador (más temprano que tarde vendrá el comentario adverso del coordinador), entonces la ofensa va acompañada de la decisión y la duda: este no es un taller para mí, no vengo más. ¿Dónde encontraré un lugar en el que abunden los espíritus sensibles como el mío? Acá no enseñan a escribir, enseñan a no sentir. ¿Sobre qué otra cosa voy a escribir que no sea sobre mí misma?
Y sobre eso escriben. Sobre lo que sienten, lo que sueñan, lo que les pasa y les deja de pasar a ellas y nada más que a ellas. Los sueños de estas mujeres, plasmados rigurosamente en sus escritos, carecen por completo de violencia, sangre y muerte. Ni hablar de sexo, nadie coge con nadie en esos sueños. En cambio abundan los palacios principescos, los vestidos de dama antigua, los amores inmaculados y los finales a todo vals, si es de Strauss mejor.
Hubo una que se molestó mucho cuando le hice notar que sus “sentimientos prensiles” me habían hecho imaginar a un mono colgado por la cola de la rama de un árbol. Es que soy muy literal y falto de imaginación, lo único prensil que conozco es la cola de los monos y la trompa de los elefantes. Todo demasiado zoológico y muy poco romántico.
Tampoco le caí muy simpático a otra, cuando le dije que los cuentos con moralejas y enseñanzas le van muy bien al catecismo, pero no a la literatura. Es que nos había amenazado con traer otros iguales al que había leído; los estaba escribiendo para presentarlos como ponencia en un congreso feminista en Masachussets. Creo que le habría servido más un taller de matemática, porque concebía los cuentos como teoremas: sólo le faltaba rematarlos con la frase “esto es lo que quería demostrar”. Y lo que quería demostrar era que la mujer es el ser más puro de la creación y los hombres sólo están para humillarla, degradarla y violarla. Vaya si lo demostraba.
Una vez, una de estas mujeres me sorprendió. Su primer texto estaba plagado de auto referencias, dudas existenciales, sueños color rosa y esperanzas verdes. No se llevó más críticas que otras que habían pasado por el taller y después de la primera lectura no habían vuelto. Pero tampoco se llevó menos. Capitalizando experiencias, le dije a Emilio: otra más que no vuelve. Pero a la semana siguiente, con la clase ya empezada, esa mujer abrió la puerta, saludó y se sentó. Más tarde leyó y me deparó la segunda sorpresa: lo que leyó era un cuento. Bastante malo, con mucho para trabajar y corregir, pero era un cuento. Ahí nomás me enamoré.
Yo estoy dispuesto a que esas mujeres me sigan sorprendiendo. Esfuércense, che.