> Dos veces Fin
Por Hernán Huergo- 26/07/2006Ayer, 25 de julio de 2006, terminó una etapa importante de mi corta vida literaria. El Taller Recoleta de Emilio Matei cerró sus puertas. No sé cuántos años Emilio estuvo allí, sí se el tiempo que yo estuve. Fueron 18 meses en los que aprendí una montaña de cosas, conocí gente interesante todo el tiempo y me divertí. El Taller Recoleta pasó a ser parte importante de mi vida. Entré como novato y terminé como, cómo decirlo, ¿veterano?, ¿consuetudinario?, ¿reincidente? No, ninguna de esas cosas. Terminé como un adicto. Adicto al placer de encontrarme cada martes con Emilio, con la gente del taller que siempre fue rotando, con los placeres, falencias y sorpresas de un lugar también siempre cambiante. La sala vidriada será un recuerdo para siempre, quedará en el archivo de mis nostalgias. Aunque ayer aprendí de Emilio que la nostalgia conlleva la falta de futuro, y este no es el caso, porque esta etapa llegó a su fin, pero mi vida literaria continuará en otro lado, de eso estoy seguro.
En el último encuentro fuimos cuatro participantes, estaba el Goyo, la abogada María, y alguien nuevo para mí, no para Emilio. El nuevo que no era nuevo se llamaba Gustavo. La clase fue redonda. Todos pudimos leer, criticar y ser criticados. Los cuentos leídos terminaron adecuadamente mal, como debe ser –quien no conoce este principio no es un mateico verdadero– y eran mejores que sus versiones anteriores y seguro que peores que sus versiones futuras, señal de que todos aprendemos. A las nueve de la noche terminó la cosa, con la puntualidad no casual que administra el maestro.
El diploma me lo entregaron ayer, como si fuera la magia de un cuento para chicos. Cuando hace un mes Emilio preguntó a los que estaban si alguno quería un diploma yo me apuré a pedir el mío, fui el único que lo hice. No tengo mucha idea de por qué lo pedí, o no la tenía. Ahora sé que me queda como un recuerdo de esta etapa y estoy muy contento de tenerlo. No puedo reprimir el impulso de mostrárselo a todos. Me hago responsable de las envidias que despertaré en otros, mateicos y no mateicos. El Centro Cultural Recoleta que dejé ayer, luminoso, refaccionado, con pinturas y colores relucientes, era bien distinto del que conocí hace un año y medio. Ahora va a ser más distinto todavía, se queda sin Matei y sin nosotros. A medida que me alejaba del lugar, envuelto en la garúa invisible de la noche inhóspita, miraba hacia atrás las luces del Centro. Las luces se alejaron y la garúa me mojaba más y más los ojos y la cara. Había llegado el fin de una etapa.
Pero no es el fin de mi vida literaria, ni siquiera dejaré de ser mateico. Puede ser extraño que el fin me conduzca a otro Fin, y que sea este Fin el comienzo de otra etapa. Porque el jueves que viene mi vida continúa en la capital de los mateicos, nada más ni nada menos. Empiezo en la Librería Fin de Siglo, donde podré mantener mi adicción, aprenderé nuevas montañas de cosas, me encontraré con amigos viejos y nuevos y, por supuesto, me divertiré.