> Un taller literario virtual
Hace más de un año decidí matricularme en un taller literario para perfeccionar mi estilo. Busqué en internet y uno de los primeros registros que me saltó a la vista fue el de “Taller literario virtual y gratuito de Emilio Matei”.
Dos cosas me llamaron la atención. Primero, que algo fuera gratuito en un mundo donde casi todo se paga. Y segundo, que fuera virtual, o sea que: no tendría que moverme de mi escritorio, no tendría que escuchar críticas de los condiscípulos y los condiscípulos no tendrían que escuchar las críticas que me hiciera el profesor, argentino él, y a mí que siempre me fascinaron los escritores argentinos; por cierto, yo no soy argentina.
Genial, el taller parecía estar hecho a mi medida, pensé.
Leí las condiciones, había que inscribirse, luego enviar el cuento por correo electrónico y esperar con toda la paciencia del mundo los comentarios del profesor que llegarían al cabo de un mes. Ah, me dije, cuando Emilio Matei descubriera mi talento no me haría esperar un mes. Y ni tonta ni perezosa me inscribí y le envié un cuento que yo consideraba digno del premio Juan Rulfo, por unanimidad absoluta del jurado, por supuesto.
Tuve que esperar los treinta días de rigor, como todos los demás no talentosos alumnos inscriptos, ansiosa de leer las felicitaciones que estaba segura vendrían de vuelta. Ah, qué cuento maravilloso, diría el profesor, qué logrado está y qué técnica.
Por fin la respuesta llegó a mi casilla de correo electrónico, allí estaría la confirmación de mi éxito rotundo. Dos clic al remitente, el correo se abrió y vi los comentarios de él en letra azul a lo largo de todo el texto: líneas y más líneas azules intercaladas por aquí y por allá destacándose sobre las negras líneas mías.
No era posible. No. No era posible. Cómo podía ese señor argentino —argentino tenía que ser— decirme que mi texto era pomposo y aburrido, cómo podía decirme que hacer literatura era algo mucho más complicado que usar palabras o giros difíciles, que no olvidara que la literatura era un arte y no la simple reproducción de códigos. Y como si fuera poco, me mandaba a corregir todo lo que pudiera y a trabajar duro, porque corregir un texto no era darle un vistazo y arreglarlo sobre la marcha para volver a enviárselo.
Me quedaba claro que ese taller no era lo que yo necesitaba, yo quería la confirmación de mi talento y no que me vinieran a enseñar a escribir. Ah, pero antes le diría a Emilio Matei todo lo que pensaba de sus comentarios, así que volví a leer las condiciones del taller: “Debido a la escasez de tiempo nos es imposible mantener correspondencia con los participantes del taller gratuito más allá de los comentarios a los textos. Por favor, no pidas más de lo que se te ofrece en estas condiciones. Si no te alcanza te sugerimos que te inscribas en el taller virtual Ma´at. No es caro y nos permite mantener un diálogo contigo sin poner en crisis nuestra economía”.
¿Significaba eso que tendría que reservarme mis opiniones si no quería que fueran a parar al basurero del profesor? Hasta allí llegaba entonces mi condición de alumna del taller virtual y gratuito de Emilio Matei, adiós, au revoir, bye, ciao.
Pero si de verdad hubiera estado tan segura de la calidad de mi cuento y de lo equivocado que estaba Emilio, habría arrojado sus correcciones y comentarios a mi propio basurero en lugar de imprimirlos y guardarlos, como lo hice, en el cajón de mi velador, o mesita de luz, como dicen los argentinos, para sacarlos cada noche antes de dormir y leerlos con la actitud de quien está pecando y mira hacia todos lados para confirmar que nadie lo ve.
Los leí una y otra vez, noche tras noche, hasta que me rendí. Lo que Emilio decía era cierto aunque no me gustara reconocer que, desde el principio, yo sabía que era cierto. Precisamente era a ese señor argentino al que yo necesitaba para aprender a escribir y no me bastaría con un intercambio al mes. Yo quería más. Y le envié un mail: “Quiero matricularme en el Taller Virtual Ma´at. Participo del gratuito, pero deseo avanzar más rápido. Me gusta tu manera de enseñar, directa, sin adornos, cruda”. Así, tal cual.
Nunca es tarde para enfrentar cara a cara al omnipotente señor Ego que muchos llevamos adentro y decirle que está equivocado y que queremos que nos deje tranquilos por un tiempo largo porque hay urgencias que superan el alcance de su dictadura.
No puedo negar que más de una vez, sobre todo al principio de mi aventura en Ma´at, sentí la tentación de rebelarme cuando mis textos venían con más comentarios azules de los que hubiera deseado. Pero los resultados finales, cada cuento terminado, cada aprendizaje adquirido, cada idea meditada y vuelta a meditar, me demostraban que seguir los consejos del maestro, sobre todo el del trabajo constante, era lo que me convenía como alumna que persigue sin tregua la ansiada meta de poder algún día hacer arte.