> Goyo y los Reyes Magos
Por Hernán Huergo- 06/06/2006Goyo es un compañero del taller literario al que voy, del grupo Recoleta de los martes. Cuando le dije que estaba por escribir una crónica sobre él la cara que puso decía: “¿qué podés escribir de mí si no sabés quién soy?”.
Es cierto, Goyo es un misterio, no sé nada de él. Pero aunque no puedo hablar de lo que sé, sí puedo decir lo que creo saber. Y si mi estilo suele poner pizcas de imaginación a las realidades, hoy es al revés, quizás mis imaginaciones tengan pizcas de la realidad que no conozco.
Exagero cuando digo que no sé nada, porque en la página del Quiénes Somos del taller (http://www.lacultura.com.ar/recoleta1/quienesomos/) puede encontrarse información suministrada por el mismo Goyo, la que dice: “Gregorio Glinsky, Médico psicoanalista”. Por cierto la hoja de vida no es muy extensa, quizás la más corta que conozco, pero algo es algo.
Empiezo por contar algunas de las cosas que creo saber y anuncio que el plato fuerte viene más tarde. Es el que tiene que ver con la magia de los Reyes Magos. Sé que es un riesgo decir esto, puede que los lectores que llegaron hasta aquí me abandonen, pero acepto el desafío. No es el momento de hablar de los reyes, eso viene después en esta historia.
Goyo se sumó al taller de los martes este año y siempre trae algo para leer. No conozco participante más prolijo y cumplidor. Escribe fácil y natural, y anota cada una de las observaciones que se le hacen, con las que trabaja en la semana. Al otro martes escuchamos el mismo cuento mejorado, o bien otro, porque de vez en cuando decide abortar alguno. Con el pasar de los meses veo cómo crecen algunos cuentos, mientras aparece, poco a poco, el escritor que Goyo lleva adentro.
Paso a describir al hombre con palabras que no me asusta decir que son plagio: tiene el cabello escaso y canoso, es amable y simpático, a todos les cae bien, es lo que se llama un buen tipo. ¿Que a quién plagio? Pues al mismo Goyo, cuando habla del vecino, en el cuento que leyó el otro día, Mi vecino, mi amigo.
Creo conocer un poco a Goyo de los cuentos que le escuché leer, que nunca pude leer. Él nunca publicó nada en las páginas del taller. Cuentos en los que me parece descubrirlo en muchas de sus facetas.
Creo saber que le gusta el tango, que lleva una vida solitaria y que no se olvida de sus amores. Creo saber una cosa peor que descubrí hace poco, que es de Boca.
Hay un párrafo en uno de los cuentos que leyó que me dio una clave para entender su estilo, “hay hombres que se avergüenzan de mostrar sus emociones”. Creo que él es uno de estos hombres, parece poner siete velos arriba de lo que siente. Velos que esconden al hombre curtido y que a veces hacen que parezca que escribe como un niño.
Pero algo cambió el día en que los Reyes Magos aparecieron en el taller, cosa que hacen de vez en cuando. Terminaba nuestro encuentro de los martes cuando Goyo preguntó:–¿Cómo puedo inspirarme para escribir un nuevo cuento?
–Bueno –dijo Matei– la consigna que siempre doy a los participantes es escribir una carta a los Reyes Magos.
La mirada de Goyo fue equivalente a alguien que parpadeaba, aunque aclaro que esos ojos, celestes como el mar, nunca parpadean.
–Un viejo hijo de puta le escribe a los Reyes Magos y les pide algo –siguió Matei–. Mi experiencia es que esa consigna nunca falla.
El alumno prolijo tomó nota del deber.
Debo hacer ahora esta interrupción al flujo del relato con las disculpas del caso, por eso de que no se debe cortar el hilo. Hace más de un año que participo del taller literario de los martes y no me acuerdo cuántas veces escuché esto de la consigna de los Reyes Magos, por eso digo que nos visitan de vez en cuando. Soy un mateico devoto y obediente, mis escritos tienen prohibida la palabra mente, salvo éste, odio los gerundios, huyo de las rimas y los staccatos como si fueran peste, trato de matar los posesivos e intento observar los demás mandamientos. Pero confieso que siempre me costó creer en la magia de los Reyes Magos. Hasta que vi lo que pasó con Goyo.
El cuento que leyó el hombre a la semana siguiente me dejó asombrado. Hubiera dicho en otros tiempos que nos dejó asombrados a todos, pero ahora evito pecar de omnisciente y tampoco me atrevo a violar lo del punto de vista. El talento y la emoción desbordaban en algunos de los párrafos, la tensión aumentaba cuando pasaba del “perejil” al “pendejo” y pareció explotar cuando contó lo de la rusa. No, la palabra asombrado quizás me queda chica, por fin entiendo el significado de la palabra que creo exacta para el caso: turulato.
Puedo decir ahora que no tengo dudas, creo en la magia de los Reyes Magos. Apenas falta una magia más de ellos que no sé si será mucho pedir, que me ayuden a convencer a Goyo de que publique el cuento en estas páginas. Será el día en que los lectores podrán leer un cuento especial, conocerlo a Goyo y sumarse a los que creemos en los Reyes Magos.