> Oh, Susana
http://www.lacultura.com.es/cronicas/files/donkeyxote.jpgPor Hernán Huergo- 10/05/2006

Me ocurrió un martes templado de mayo, cerca del fin de las luces, en el taller Recoleta. Se me ocurrió preguntarle a la “oyente”, Susana, que nos contara un poco del por qué estaba allí. La pregunta desató en Susana un relato que nos dejó perplejos, que nos tuvo en vilo como el mejor de los cuentos, que sumó sorpresas en cada frase, que tuvo un final que se anudó con el principio. En fin, que nos pareció un cuento sin ser cuento, que vale el espacio de esta crónica.
Crónica que realizo con alguna licencia, puede ser que mi imaginación rellene algunos espacios. Pero sostengo que la esencia está incólume, y si mis excesos me condenan, bienvenidas las enmiendas de los testigos, que son varios.
Susana es una señora mayor, la piel es más blanca que autóctona, el pelo todavía defiende el rubio, la mirada despierta detrás de los anteojos subraya la inteligencia. Parece controlar a placer las emociones y sabe despertar sonrisas y mantener la incógnita entre el estilo naif y el vivaracho.
Desde muy chica ella descubrió que una palabra, una cara, una situación, la conversación con algún amigo, le provocaban prosas que la sorprendían, prosas que llamaban a más prosas. Por cualquier razón y cualquier tema, Susana empezaba a escribir en la cabeza líneas y líneas. Era una energía que iba creciendo en ella, algo que la divertía y la llenaba de placer. No sé cuántas palabras que le brotaban llegaron a papeles, ella misma no sabe decir si había talento en esos ríos que se perdieron.
Susana nunca perdió esos hábitos. “Tendrías que escribir las cosas que decís a veces”, le dijeron los amigos. Puede que por modestia o falta de tiempo, a ella no le llegaba el momento. Hasta que un día dijo “ahora sí tengo tiempo y no puedo dejar escondido debajo de mi alfombra el talento que quizás tenga”.
Así que algunos marzos atrás fue al Museo Sarmiento.
-Quiero hacer un taller de Narrativa -le dijo a la empleada.
-¿Un taller de Narrativa? -dijo el hombre, a sus espaldas.
Ella lo había visto al entrar, allí parado, lo había tomado como alguien del lugar, porque no hacía la cola. Se dio vuelta:
-Sí, me interesa el taller que empieza esta semana.
El hombre arrugó la cara, en algo parecido a una sonrisa que le entrecerraba los ojos.
-¿Conoce a ese maestro?
Todo esto delante de la empleada, que miraba al señor con cara de paciencia. Susana la miró, como buscando alguna pista, pero la chica no dijo nada.
El hombre arremetió, dueño del silencio.
-Taller de narrativa, lo que se llama taller de narrativa, es el que empieza el lunes en el Centro ABC (1).
Susana volvió a mirar a la empleada, que ahora hablaba por teléfono.
-Si va a ese taller seguro que nos encontraremos, señora, me llamo Hernán (2).
Al lunes siguiente Susana estaba allí, en el Centro ABC. Se inscribió en el taller de narrativa y diez minutos después empezaba la clase inicial, así que entró a la sala indicada. Eran dos personas, Susana y Hernán.
-Acaba de llegar al mejor taller, señora Susana -dijo él, leyendo el nombre del papel.
-Hola, señor, ¿Hernán?, ¿no es cierto? Usted debe saber quién es el maestro del taller, ¿es así?
-Por supuesto, señora, creí que lo sabía. Soy yo.
Susana, con cara que no reveló sorpresa, ni alegría ni desencanto, se sentó como si nada, dispuesta a empezar.
-Antes de poder narrar, es preciso leer y comprender a los grandes narradores -dijo él-. Se comienza por Cervantes, por supuesto.
Susana se sumergió en Cervantes de la mano de Hernán, sin imaginar lo que vendría. Cada aventura, cada nombre, cada lugar tenía su historia. Pasó una clase, pasó otra, pasaron muchas. Susana y Hernán caminaban los lugares del Quijote, uno a uno, mapa en mano. Miraban de lejos a los molinos, después de cerca, después los desarmaban con los planos. Era un mundo fascinante, lleno de sorpresas. Cada palabra se analizaba a fondo y se la paseaba siglo a siglo. Evocaban los inviernos y los veranos, los diálogos del caballero con Sancho Panza, las nostalgias de Dulcinea, los encuentros con otra gente.
Es imposible repetir las cosas que nos contó Susana. Las relataba como si las reviviera al contarlas. Pero sí, todos nosotros, estábamos Emilio, Goyo, María, Agustina, Patricio, y por supuesto el cronista, todos nosotros, dimos un respingo cuando Susana dijo:
-Él era la reencarnación de Cervantes.
La frase produjo alguna sonrisa entre los escépticos y algunas bromas de los insensibles. Susana mantuvo la calma:
-No, no es que él me dijera nunca que era la reencarnación de Cervantes, fui yo la que me di cuenta y todavía lo pienso.
Ante tamaña declaración, borramos las sonrisas y seguimos escuchando. Las luces ya se apagaban por allí cerca, pero bien valía la pena.
-Estuvimos recorriendo el mundo con Cervantes, Hernán y yo. Porque el taller tuvo una sola alumna, les aclaro. Yo me sentía un poco incómoda cuando entraba en esa sala, sé que la chica de afuera no entendía nada.
Susana estuvo con Hernán, que es lo mismo que decir Cervantes, desde Marzo a Noviembre. Entonces, cerca de las fiestas le dijo al hombre, con palabras que quizás no sean del todo fieles:
-En diciembre no creo que me veáis, señor, debo entregar mi tiempo a las Fiestas. En cuanto a marzo, se me impone recordaros, buen caballero, que me he acercado a vuestra sabiduría por la narrativa, no tan sólo por la lectura.
-Por cierto, señora, que bien presente tengo vuestros designios y no seré yo quien los defraude. Es en marzo que comenzaremos con la narrativa, os lo aseguro.
Pues bien, cuando llegó marzo, Susana no apareció y desde entonces, me lo imagino, un caballero de triste figura monta guardia en el hall de entrada del Museo Sarmiento, con la esperanza de encontrar otra vez a Dulcinea.

(1) El nombre de este centro se mantiene en reserva, por el momento.
(2) Es casualidad que el personaje lleve el nombre del cronista.