> Bichos de taller I
Genios incomprendidos o margaritas a los chanchos

Por Eduardo Kadener- 28/04/2006


Llegan al taller y ahí nomás sufren la primera desilusión: los que van a la clase gratuita no pueden leer. Algunos se preguntan dónde deberán meterse el breve cuento de cuarenta y cinco páginas que nos iban a descerrajar para deslumbrarnos. Otros, tozudos y más seguros de sí mismos que Grondona cuando hay elecciones en la A.F.A., pelan la guita de la cuota mensual y desaprovechan la oportunidad de la clase gratis para comprar el derecho a leer y, de paso, dejar en claro que su llegada determina un antes y un después para el taller. Qué digo para el taller, para la literatura universal.
Primero escuchan con atención las lecturas de talleristas más antiguos pero sin duda menos talentosos, si es que el talento puede residir en otras personas que no sean ellos. Después, cuando les toca el turno en la ronda de comentarios critican como si fuesen Cortázar, o por lo menos como si hubieran vivido a dos cuadras de la casa de Cortázar.
Por fin les toca leer, si es que pagaron. Los títulos de eso que suelen llamar cuentos son impactantes: “Prelude to the afternoon of a sexually aroused gas mask”, “Tu verruga me calienta más que la Maja en Pelotas”, “Violación sin preservativo bajo los cipreses de Alabama” o “Crónica de una muerte anunciada” (en este caso y producidas las aclaraciones de rigor, se preguntan quién será ese tal García Márquez que les afanó el título). Leen como si fueran Lawrence Olivier recitando “To be or not to be”, semejante obra requiere semejante enjundia. Se molestan, y mucho, cuando Emilio los interrumpe para decirles que la lectura tiene que ser neutra. Creo que su molestia reconoce tres causas:
a) Quién es ese Emilio para interrumpirlos.
b) Qué difícil es volver a ponerse en trance de lectura después de una interrupción impertinente.
c) Qué carajo será eso de lectura neutra.

Cuando terminan de leer doblan las hojas, corren la silla treinta centímetros hacia atrás, levantan la cabeza y miran a los otros talleristas que comentan por turno lo que acaban de escuchar. Desafiantes los miran. Despreciativos a veces. Talentosos siempre.
Están dispuestos a refutar punto por punto y a demoler todas las críticas que se les hacen. Segunda desilusión (disculpen, tercera, la segunda fue con García Márquez): no pueden defenderse ni contestar las críticas. Esto ya es el colmo, estos imbéciles no entendieron nada. Los adverbios terminados en mente, evidentemente son palabras que frecuentemente son hermosas y, sobre todo, comunmente son largas. Nunca vienen mal tres o cuatro palabras largas por renglón. Riman, claro que riman. Eso es precisamente lo que yo quería, la narrativa no tiene por qué estar reñida con la poesía. Hay muchos gerundios, perfecto, ya estoy pensando que si estos negados siguen criticando vamos a terminar peleando. Los pretéritos habían estado mal usados, váyanse a la puta que los parió, pretérito quiso decir pasado y lo pasado ya había pasado así que no sé para qué se hicieron tanto problema y yo he pasado por mejores talleres que este. El punto de vista es confuso y no se entiende. ¿Y cómo lo van a entender si además de ser todos tarados no me dejan esclarecer nada? El texto está plagado de descripciones largas y aburridas. Sólo se aburren los deficientes mentales, me mandé unas descripciones maravillosas, lo que pasa es que no soportan que llegue alguien culto como yo y les demuestre su chatura. Sobran muchos párrafos y la acción empieza recién por la mitad del cuento. No sobra nada, es más, faltan muchas cosas, pero no tienen en cuenta que lo escribí dos horas antes de llegar al taller y no tuve tiempo de explayarme y volcar en el texto todos mis conocimientos y ahora están cabreros porque les revienta que venga alguien con conocimientos. Ignorantes al cubo, eso es lo que son.
Después de esa primera lectura no vuelven. Les parece absurdo perder el tiempo con gente así de obtusa. No tienen nada que hacer entre tantos mediocres y deciden buscar en otro lado el sendero a la gloria y, con toda seguridad, al premio Nobel.
Que les vaya bien. Cuando vuelvan de Estocolmo traigan alfajores.