> Crónica en la Librería Fin de Siglo
Por Hernán Huergo- 21/04/2006

Librería Fin de SigloLa cita era en la Librería Fin de Siglo, primer piso, el jueves 20 de Abril, a las siete y media de la tarde. Yo suelo ir al taller de los crotos (1), el de los martes. Me queda bien cerca de casa y el horario y el día me convienen más. Además, lo confieso, la sala vidriada del Centro Cultural Recoleta me permite un conjunto de aventuras y sensaciones que compensan un tanto mis desventuras literarias. Difícilmente (con perdón del adverbio) pueda encontrar una oportunidad semejante para entrenar los sentidos, todos ellos. Porque la luz mortecina del par de lámparas altas y distantes está calculada para que los ojos puedan descifrar apenas las caras y las carillas. Porque el olfato y el gusto son masacrados por los insectos suicidas que se zambullen en los bulbos incandescentes y se consumen echando humito. Porque por algún mecanismo perverso alguien encontró la combinación perfecta para dotar al lugar de la peor acústica imaginable. Porque de nuestro lado de los vidrios el invierno es más invierno y el verano más verano.
La Librería Fin de Siglo no abraza conceptos tan modernos. No es de extrañar, con ese nombre. Por empezar la luz es rutinaria, la acústica no es desafiante, carece de los insectos humeantes y las paredes sin vidrios no dejan adivinar el frío, el calor o la lluvia. Como si eso fuera poco, el baño está a pocos metros. Una ventaja más del taller de los crotos es que la excursión al baño es una caminata de diez minutos, una oportunidad espléndida para estirar las piernas. Tampoco tiene la “Librería” la amenidad de las visitas de empleadas administrativas que hay en Recoleta, donde casi cada martes uno vuelve a llenar la misma planilla con el nombre, el teléfono y la dirección de mail.
Llegué unos minutos tarde y ya estaban todos, o casi todos, porque Federico llegó después. Un placer volver a encontrarme con algunos ex Recoleta, como Eduardo, Santiago y el mismo Federico. También estaban otros conocidos, como el peruano David y la empeñosa Analía. Pero el plato fuerte del día eran los visitantes de afuera. Estaba Mariquita, la chaqueña, y también Carolina, la cubana que vive en Chile, acompañada por el pololo chileno, Eugenio.
Para la ocasión leyeron cuentos Santiago, Carolina y Analía. Eduardo leyó el capítulo uno de una novela. El peruano se quedó con ganas de leer y Mariquita no quiso saber nada. La crónica registra algunos momentos, no todo lo que pasó, no vaya a ser que se duerman los lectores.
Estaba leyendo Santiago, que poco a poco lleva su cuento “El olor” a la perfección. Cuando la ronda de los verdugos llegó a Eugenio, me sorprendió verlo comentar como uno más. Se lo notaba como bastante experto. Algunos objetaron las frases cortas y rítmicas del cuento de Santiago. En el veredicto final, Emilio habló de puntuación y de enlaces. Eugenio dijo entonces, con tono de maestro, que para Neruda la puntuación no existía. “Para nosotros Neruda no es un buen escritor”, dijo el maestro maestro (con perdón de la redundancia), desparramando sorpresa en la sala. La cara de Eugenio se puso más blanca, las cejas se le dispararon hacia arriba y los ojos le bailaron algo en las órbitas, pero no dijo nada.
En la lectura de Analía el cuento era cuestión de biromes y de plumas. Cosas con las que se escribe, para el que tenga dudas. Pero claro, quién que no sea argentino puede saber que aquí llamamos birome al invento de un señor Biró, el húngaro que patentó el bolígrafo en la Argentina hace tantos años (1941). Problema insoluble para la empeñosa: ya sabemos que no podemos llamar rostro a la cara, que la gente no fallece sino que muere, que debemos usar las palabras habituales. Cómo imaginar que en un cuento argentino alguien use esa palabra abominable, “bolígrafo”, en lugar de “birome”. No, olvidate, Analía, insistí con la birome o buscate otro cuento.
Más preocupado quedé al escuchar el debate sobre si el estilo de Analía era el libre indirecto o la voz de la conciencia. Voy a tener que estudiar esto en algún lado si quiero dejar de ser un croto.Mariquita y Carolina
El cuento de Carolina también era protagonizado por una mujer, como los otros, y otra vez había hospitales y mentes perturbadas. Creo que tiene razón Emilio en eso de querer hacer un libro con cuentos de hospitales. Tenemos material en abundancia.
La cosa no terminó allí, en la Librería, por lo menos para algunos. Carolina, Eugenio, Emilio, David, Eduardo y el cronista terminamos en Los Inmortales de Corrientes al 1300. Unas pizzas excelentes, cerveza para algunos, vino para otros. Un placer. La diversión se fue acercando a su climax cuando el pololo sacó del bolsillo un porta pócima. Ya sé lo que están pensando, amigos, que qué diablos es un porta pócima y cómo se me ocurre abjurar de la obligación de usar palabras naturales. Pero sepan perdonar la ignorancia que limita mi glosario. No puedo llamar a lo que vi salero, por más que se pareciese a uno, porque el polvito que se veía era de un color oscuro, indescifrable para este daltónico.
Como sea, Eugenio mezcló con parsimonia y protocolo, en un cenicero limpio, una porción del polvito con aceite. La cubana los miraba con adoración, a él y al ungüento. No sé si fue la pócima o el vino, pero la noche se fue haciendo más divertida. Carolina y el pololo contaban del almuerzo en un restaurante muy agradable de Buenos Aires. El menú económico ofrecía una copa de vino, una sola. Pero Eugenio había llevado la pócima mágica, siempre la lleva a todos lados, por supuesto. La moza que los atendía debe haber sido víctima del ungüento porque sirvió la segunda copa sin chistar. Ya a esa altura de moza pasó a buena moza y pasó a tener nombre, Paula. Después de la tercera copa Paula casi era una amiga de toda la vida. “Por favor no tome más, señor Eugenio, que debe manejar”, decía, rendida a los encantos del trasandino. Eugenio nos explicaba todo esto mientras alternaba sus raciones de pócima con las copas de vino. La cara ya era más rosada que blanca y la risa se nos contagiaba a todos. El mozo que nos servía pronto pasó a tener nombre, se llamaba Eduardo, y se fue haciendo más y más amigo. Pasamos de las pizzas a los postres y después al café, encantados y divertidos. Nos fuimos a la hora de Cenicienta, prolijos. La pasamos fenómeno, como decimos los argentinos.
¡Ah!, me olvidaba. Tenía razón David cuando decía que yo sabía lo de la altura de Quito por mi afición al fútbol. Sí, lo encuentran en Internet, en http://www.clarin.com/diario/2006/04/12/um/m-01176054.htm (La victoria de Libertad, ya clasificado, ante Paulista por 1-0 en Paraguay le daba la chance a River de obtener hoy mismo el pase a los octavos de final de la Copa Libertadores. Para eso debía vencer a El Nacional, en Ecuador, y también a los 2.850 metros de altura quiteños. Clarín, 12/04/2006)
O sea que gané un café a ser honrado por la cubana en Santiago de Chile. Tendré que ahorrar para el pasaje, pero algún día me cobraré la apuesta.

(1)croto: término utilizado a veces en la Argentina para referirse a gente menos dotada